QUERIDOS PÁJAROS

Jare Carretero Vaca Valiente

    «La belleza de las cosas existe en el espíritu de quien las contempla» -David Hume.

    «La belleza de las cosas existe en el espíritu de quien las contempla» -David Hume.

    • Estoy en una isla.

      Queridos pájaros, estoy en una isla.

      Este viaje apareció sin ser esperado, casi por accidente, pero no pude rechazar la oportunidad.
      Desde hace algunos años participo en proyectos de Erasmus+, una de esas iniciativas europeas que, bajo la excusa de un taller, terminan convirtiéndose en algo mucho más difícil de explicar.

      Durante una semana, personas de distintos países nos reunimos para aprender sobre un tema concreto, compartir experiencias y convivir bajo el mismo techo. A veces hablamos de fotografía, otras de sostenibilidad, de democracia o de cualquier otra cuestión que alguien considere importante. Pero, al final, siempre termina ocurriendo lo mismo: descubres nuevas formas de mirar el mundo.


      Gracias a estos proyectos he acabado en lugares a los que probablemente nunca habría viajado por mi cuenta. He compartido mesas, conversaciones y silencios con personas que crecieron a miles de kilómetros de mí. He aprendido más inglés del que jamás aprendí en el colegio y, sobre todo, he aprendido a sentirme un poco menos extranjera en todas partes.


      Esta vez el destino me ha traído a Veli Iž, una pequeña isla croata perdida en el mar Adriático, no muy lejos de Zadar. Un lugar donde parece que no pasa el tiempo y donde el mar tiene esa capacidad insultante de parecer perfecto incluso cuando una no se siente igual por dentro.


      No pretendo que estas páginas sean una guía del lugar ni una memoria detallada del proyecto. Más bien serán una colección de pensamientos, pequeños fragmentos escritos cuando los pájaros volaban por mi cabeza.


      Queridos pájaros, aquí empieza otra historia.

      ·30 de Mayo__________________________

      No me siento capaz de admirar toda la belleza que irradia esta isla y su mar. Al principio pensé que podría ser por el cansancio acumulado del tedioso viaje que tuvimos que hacer para conseguir llegar a este lugar; pero creo que sencillamente, mi momento vital no encaja con las expectativas que tenia de esta aventura. 

      No creo que tenga la energía suficiente como para conectar con la gente que me rodea. Seguramente sean personas maravillosas. Estos proyectos suelen juntar a gente muy peculiar. Pero mi cuerpo esta vez, no puede evitar resistirse a quedarse a un lado.

      Me he acostumbrado demasiado a mi propio ritmo y creo que me va a costar un poco mas de lo normal tener que seguir el de los demás.

      ·31 de Mayo__________________________

      He sentido la llamada intensa del Adriático y no he podido resistirme a bañarme nada más despertar.

      El mar estaba en total calma. Los primeros rayos de sol comenzaban a alcanzar la isla y yo me dejaba envolver por ellos mientras el agua despertaba lentamente mi cuerpo. Entré poco a poco, dejando que la piel se acostumbrara a la temperatura, aunque pronto se me hizo imposible percibir el frío.

      Nunca antes el mar me había transmitido una paz tan profunda.

      Eso que, se supone, es solo agua, llegó a convertirse por unos instantes en un cálido abrazo.

      1 de Junio____________________

      Cuando consigo asimilar dónde estoy, en este lugar tan aleatorio y tan lejos de mi hogar, siento una especie de orgullo silencioso. Me enorgullece saber que soy capaz de ser feliz en cualquier parte. Que he sido capaz de atreverme a llegar hasta aquí.

      Poco después, la melancolía vuelve a reclamar su espacio entre mis pensamientos.

      Supongo que ambas cosas viajan conmigo.

      Qué maravilloso resulta sentir tan intensamente, y tan libre.

      ·3 de Junio___________________________

      Mi alma suele sentirse incómoda, porque cuestiono cada uno de mis pensamientos, cada movimiento, cada respiración…  Como si la cordura se escapara por mis ojos, también pongo en duda lo que veo y lo que siento; el momento, el lugar, el tiempo que pasa y el que parece quedarse inmóvil.

      Creo que simplemente siento demasiado.

      Como si fuese un pulpo con más de tres corazones.

      Y quizá ese sea el problema.

      Tres corazones parecen suficientes para sostener una vida, pero yo a veces siento que cargo con cinco. Cinco corazones latiendo al mismo tiempo, empujando emociones distintas en direcciones opuestas.

      Tal vez por eso vivo al borde del colapso.

      O tal vez por eso sigo sintiendo la vida con tanta intensidad.

      ·4 de Junio___________________________

      Ojalá tener un barquito.

      Muy pequeñito.

      Uno con el que dejarme llevar por las corrientes y el viento. Un barquito en el que cupieran mis sueños, mis miedos, mis risas y mis llantos.

      Como tener una habitación abierta a un mundo que todavía espera ser descubierto.

      Un barquito bonito, lleno de magia.

      No me haría falta mucho más. Quizá contemplar las estrellas antes de dormir y darme un baño nada más despertar.

      Respirar el mar.

      Seguramente la locura sería una visitante recurrente, pero no me aterra del todo la idea.

      Sería como encontrar un huequito en un mundo que, demasiadas veces, siento que no me pertenece.

      Puede que navegando encontrase algunas respuestas.

      Y si no las encontrase, tampoco importaría demasiado.

      Por supuesto, no prohibiría la entrada ni a los náufragos ni a los piratas.

      ·5 de Junio___________________________


      Qué curioso que lo que más eche en falta de mi hogar sea precisamente lo que más pasa desapercibido. Esos detalles pequeños que hacen bonitos los días y que casi todo el mundo ignora.


      No echo de menos las calles.
      Echo de menos el cariño escondido en las costumbres.


      Siento un vacío en el pecho. Llevo más tiempo del que me gustaría sin un abrazo. Sin un «buenos días» al salir de la habitación. Sin un «¿qué tal el día?» al entrar por la puerta. Sin un beso de buenas noches.


      Echo de menos la complicidad.
      Ese lenguaje silencioso que se construye entre las personas que se quieren.
      Supongo que estoy un poquito falta de amor.
      Mi cuerpo pide cariño.
      Pide sentir el calor del hogar.


      Me gusta descubrir por dónde amanece en cada lugar en el que estoy. Cada día es diferente, y a menudo más bonito que el anterior.
      Pero también me gusta el sol de siempre.
      El que entra por la ventana de mi salón cada mañana.
      Cuando estoy triste y mi abuela abre la puerta de mi habitación con un zumo y una sonrisa capaces de curar casi cualquier mal.
      Poder aparecer por casa de mi madre sin avisar.
      Reírme con mi hermana un martes cualquiera.
      Pasear por las calles y encontrar caras conocidas.
      Que la ciudad me reconozca.
      Que cada esquina me recuerde una historia.

      No había sentido que tuviese un hogar hasta haberme alejado de él.

      Lo he visto desde lejos, teñido de melancolía, y me he dado cuenta de que es real.

      Que es precioso.

      Que es cálido.

      Que siempre ha estado ahí.

      Y ahora no veo el momento de volver para abrazarlo muy fuerte.

      •6 de Junio ____________________

      Al final sí que voy a irme con un poco de tristeza guardada en la mochila.
      Melancolía disfrazada de souvenir.
      Ha sido una experiencia increíble. La gente… maravillosa. El lugar… aún más.
      Queridos pájaros, me voy de la isla.
      Pero creo que no se me va a olvidar el olor de su mar ni cómo se sintieron las caricias del agua.

    • Vertigo pintando desde el suelo.

      La primera vez que he sentido vertigo pintando desde el suelo.

      Siempre he tenido temor a la hoja en blanco. Supongo que cualquier persona que se haya puesto delante de un papel ha experimentado ese sentimiento alguna vez. Como si poner la punta del lápiz fuese a desencadenar una guerra mundial. Es un miedo completamente irracional, pero aun así me ha limitado muchísimo a la hora de crear.


      Pero, cuando pinté en una pared por primera vez, en un lugar que no me pertenecía, y que una vez lo abandonase ya no podría controlarlo… esa sensación de perder el control que tanto temía se convirtió en libertad.

      Da igual que falles. Puedes pintar encima o simplemente empezar en otra parte.
      Creo que por eso empecé a experimentar más. Porque da igual que la cagues.
      El graffiti tiene algo profundamente humano: aparece, ocupa un espacio y después deja de pertenecerte.
      Quizá me gusta pintar paredes porque no puedo guardarlas en un cajón esperando a ser perfeccionadas. Pintar en una pared,  me exige decisión.
      De hecho, en el mismo momento en el que pinto la primera linea, mi cabeza olvida todo lo que hay a mi alrededor. Solo quedamos el desorden frenético de las latas, el lienzo improvisado, y yo. Las ideas y los trazos van creciendo desde mi interior, sin hacer ningún esfuerzo.
      Hay algo muy liberador en crear sabiendo que algún día alguien puede pintar encima.
      Suelo ir a sitios abandonados, en lugares que no son de nadie, así que tampoco tengo la presión de que alguien vaya a verlo todos los días de su vida.


      Cuando me ofrecieron la posibilidad de hacer un mural en el lugar donde estaba de voluntariado, la cosa cambió drásticamente.
      Partiendo de que nunca había hecho un proyecto tan grande, apareció otro factor con el que no contaba: aunque la pared no me pertenecía, esta vez estaba haciendo algo para alguien. Había una expectativa. Tenía el diseño, tenía los colores y, de repente, sentía que no podía fallar.
      No me presionó nadie. Fui yo, como siempre.
      Y quizá por eso el mural me dio tanto vertigo.
      Porque ya no estaba pintando un lugar abandonado. Estaba dejando algo mío en un sitio habitado.


      Por primera vez sentí que alguien esperaba algo de mi arte, y eso convirtió la pared en un espejo bastante incómodo.
      Mientras pintaba seguía teniendo miedo. Mucho miedo.
      No sabía por dónde empezar, ni si el diseño realmente iba a funcionar en una pared tan grande. Había momentos en los que miraba el boceto y pensaba: «¿Y ahora qué hago con esto?».


      Pero al mismo tiempo sentía algo que me encanta del graffiti: esa especie de adrenalina que te obliga a concentrarte completamente en el presente.
      No podía pensar demasiado. Solo seguir pintando.


      Y creo que ahí aprendí algo importante sobre mí.
      No debo esperar a que el miedo desaparezca para hacer las cosas. Como si primero tuviera que sentirme preparada, segura o capaz. Porque no siempre ocurre así.
      El miedo seguía ahí.
      Y aun así, seguía pintando.
      Supongo que eso es algo que me gusta de mí misma: hago cosas incluso cuando me asustan.


      No tenía ni idea de cómo iba a terminar el mural. Y, sinceramente, tampoco tenía el control absoluto de que saliera bien.
      Pero salió.
      Y cuando terminé y vi la pared completa, me sentí orgullosa. Muy orgullosa.
      A la gente le gustó. Y entonces entendí algo bastante simple: quizá no era para tanto.

      Quizá no había tanta distancia entre mis expectativas y el suelo, como yo imaginaba en mi cabeza.
      Y, en el peor de los casos, siempre podía volver a empezar.
      También las paredes funcionan así.
      Y quizá la vida también.


      Me parece curioso que algo aparentemente tan pequeño como pintar un mural me haya enseñado cosas tan importantes.
      Lo que más me gustó no fue terminar el mural. Fue descubrir que era capaz de hacerlo sin saber exactamente cómo iba a salir.

      Solo me queda decirte una cosa: Haz eso que tanto te aterra, en vez de quedarte sentada a esperando a que el miedo desaparezca por arte de magia.

    • Vivir con miedo.

      Viajar sola


      Ten cuidado.


      Ten cuidado al volver sola…
      Ten cuidado si te vas lejos…
      Ten cuidado si viajas…

      Y ten mucho más cuidado si viajas sola…

      -¿¡Estas loca, cómo vas a ir sola?!

      Y así, casi sin darnos cuenta, crecemos creyendo que el mundo no nos pertenece; que explorar es peligroso, que ser libres no es una opción, que ser independientes, simplemente siendo mujeres, es falta de cordura.

      El miedo se disfraza de «protección», y al final se convierte en «limites».

      Mientras tanto, a ellos no se les repite ese mantra. A ellos les enseñan a descubrir, casi sin miedo, o al menos un miedo muy diferente al nuestro.

      Yo, sinceramente, pienso que es injusto. 

      Yo no viajo sola porque sea valiente.
      Viajo sola porque no voy a esperar a que alguien quiera venir conmigo para hacer lo que yo ya quiero hacer.
      Porque si esperase a coincidir en gustos, en dinero, en tiempo, en ganas… probablemente me quedaría en mi casa.
      Desde pequeña me acostumbré a hacer cosas sola: Ir al cine, ir a conciertos, pasear sola. Y ahora, curiosamente, a veces me cuesta más ir acompañada: cuadrar gustos y tiempos con otras personas se me hace más difícil que simplemente ir, sola.

      Pasa algo mágico cuando estas sola. Empiezas a abrirte mas al mundo y a percibirlo de otras maneras.

      El día que cumplí 18 años me fui sola a hacer el
      Camino de Santiago.
      Todo el mundo estaba sorprendido, incluida yo.
      Estuve sola… ocho kilómetros.
      Conocí a unos chavales de Murcia encantadores y terminé haciendo el resto del camino con ellos. Solo fueron cinco días lo que pude hacer, sí. Pero esa experiencia me cambió algo por dentro. Me enseñó que el miedo que había sentido antes de irme era infinitamente más grande que la realidad que encontré después.
      Y gracias a que esa primera vez fue buena, me atreví a muchas más.
      Tiempo después me fui sola a Macedonia con un proyecto de
      Erasmus+.
      Ahí no estás “sola sola”: hay gente joven de otros países, todos vais a lo mismo, compartís una especie de complicidad inmediata. Pero si no me hubiese atrevido a coger mi primer avión sola, nunca habría conocido lugares y personas extraordinarias.
      El primer paso siempre da más miedo que el viaje.
      Ahora estoy en
      Tarifa.
      Sola.
      Haciendo un voluntariado.
      Sola.
      Y cada vez entiendo más claro que viajar sola siendo mujer no es un acto heroico. Es, simplemente, una decisión de no dejar que el miedo decida por mí.
      Porque, además, seamos honestas: tengamos cuidado o no, viajemos o no, salgamos o no… las mujeres tenemos que estar alerta también en nuestras propias ciudades.
      El riesgo no empieza cuando haces la mochila. El riesgo forma parte del mundo en el que ya vivimos.
      Así que, ya que el cuidado me va a acompañar igual, prefiero que me acompañe mientras vivo.

      Cosas que hago para viajar más segura (sin dejar que el miedo mande)
      No nace del pánico. Nace del autocuidado:


      • Confío muchísimo en mi intuición. Si algo no me da buena espina, no lo racionalizo.
      • Comparto mi ubicación en tiempo real con alguien de confianza.
      • Intento llegar a los sitios de día.
      • No voy contando a desconocidos que viajo sola.
      • Llevo copias de documentación y dinero repartido.
      • Miro un poco los barrios antes de alojarme.
      • Camino con seguridad, aunque por dentro esté observándolo todo.

      Y, sobre todo,

      hablo con otras mujeres que encuentro en el camino. Entre nosotras se crea una red invisible muy poderosa.


      Viajar siendo mujer no debería ser un acto de valentía.
      Debería ser algo normal.
      Pero mientras llega ese mundo, yo he decidido no esperar.
      Salir igual.
      Con miedo, sí.
      Con cuidado, sí.
      Pero con vida.
      En otro momento hablaré también de lo que implica estar sola: del aburrimiento, de la introspección, de las conversaciones internas que aparecen cuando no hay ruido alrededor.
      Pero este texto no va de la soledad.
      Va de atreverse.
      Porque el miedo puede venir conmigo.
      Pero no va a llevar el mapa.

    • La revolución de hacer cosas con una misma.

      La revolución de hacer cosas con una misma.

      Nos han enseñado a llenar desesperadamente el silencio.
      A huir de la soledad como si escondiera algo terrible.
      A distraernos constantemente para no mirarnos demasiado.
      Y en el proceso, muchas veces, nos olvidamos de lo más importante: nosotros mismos.
      Casi como si estar solos fuese más aterrador que estar mal acompañados.


      Vivimos rodeados de ruido.
      Música de fondo. Pantallas. Conversaciones rápidas. Notificaciones constantes. Interacciones vacias.
      Parece que siempre tenemos que estar compartiendo algo con alguien para que tenga valor.
      Pero nadie nos enseña a acompañarnos, a apreciar esos momentos en los que solo eres tu; eso tan especial que solo te pertenece a ti y a nadie mas: tu soledad.

      He pasado mucho mas tiempo sola del que la gente consideraría «normal». Y es que he conseguido encontrar una liberación inexplicable  en eso que la gente cree que tanto pesa. El camino ha sido difícil, y seguirá siéndolo. Es un aprendizaje constante. Al fin y al cabo eso es la vida, y creo que se nos haría muchísimo mas ameno el camino, a todos, si aprendemos a convivir con nosotros mismos; porque ahí es donde empieza todo.

      La soledad pesa, sí, a veces.
      Claro que pesa.
      Pero también enseña.
      También abraza.
      También transforma.

      Hay momentos estando sola en los que no pasa absolutamente nada.
      Y quizá ese sea el problema: que nos hemos acostumbrado tanto a la estimulación constante que cualquier instante de vacío parece insoportable.
      Pero fue justo ahí, en el aburrimiento, donde empecé a escucharme de verdad.

      Creo que aprendí más sobre mí en los momentos en los que estuve sola que en muchos años rodeada de gente.
      Porque cuando desaparece el ruido, empiezan a aparecer preguntas. Y aunque a veces incomoden, también te acercan muchísimo a quien eres realmente.

      A veces siento que estoy rozando la locura.
      Aunque quizá toda persona que pasa demasiado tiempo consigo misma termina llegando a lugares extraños.
      Y aun así, creo que de ahí nacen muchas cosas bonitas.
      Porque quizá la locura y la genialidad nunca estuvieron tan lejos la una de la otra.

      Si algo he aprendido en esta vida es que, en el fondo, estamos solos.
      Y no lo digo desde la tristeza.
      El ser humano necesita compañía. Somos seres sociales y, precisamente por eso, decidimos acompañarnos los unos a los otros durante el camino. Compartimos vidas, momentos, conversaciones, abrazos y despedidas.
      Pero aun así, hay algo inevitable: nacemos solos y solos moriremos.
      Suena duro.
      Incluso aterrador al principio.
      Pero con el tiempo he empezado a verlo como algo increíble.
      Porque significa que eres la única persona que va a estar contigo toda tu vida.
      Hasta el final.
      Entonces, ¿por qué no aprender a quererte?
      ¿Por qué no aprenderte?
      ¿Por qué no disfrutarte?
      Creo que una vez aprendemos a convivir con nosotros mismos, el mundo se vuelve mucho más amable. También las relaciones. También la forma en la que queremos a los demás.
      Porque cuando estás con alguien únicamente para llenar un vacío o escapar de la soledad, algo termina rompiéndose.
      Y quizá amar de verdad también tenga mucho que ver con eso: elegir compartirte, no necesitar salvarte.

      Estar con uno mismo no es estar solo.
      Ve al cine a ver esa película que tantas ganas tienes de ver.
      Ve a escuchar a ese cantante que tanto te gusta.
      Léete un libro en un parque mientras escuchas música y sientes la brisa.
      Date un paseo por tu sitio favorito de la ciudad.
      Ve a ver el atardecer.
      Empieza por algo simple.
      Aprende a disfrutar incluso del momento en el que haces la compra sola.
      Porque nadie te molesta.
      Porque puedes ir cuando tú quieras.
      Elegir la película que tú quieras.
      Cambiar de planes si te apetece.
      Pararte donde quieras.
      Irte cuando quieras.
      No tienes que esperar a nadie.
      No tienes que depender constantemente de alguien para vivir momentos bonitos.
      Solo empieza por quererte.
      Y quizá, poco a poco, descubras que la soledad no era el enemigo.
      Quizá solo era el lugar donde todavía no habías aprendido a encontrarte.

    • La revolución de actuar como humanos.

      La revolución de actuar como humanos.

      No acostumbro a escribir sobre mí, pero siento la necesidad de aclarar algo.


      Creo que hemos aprendido demasiado bien a aparentar. A mostrar únicamente la parte de nosotros que encaja, que gusta, que no incomoda. Como si ser humanos se hubiese convertido en una especie de actuación constante.
      Y quizá ahí esté el problema.


      Pienso que vivimos en una sociedad que nos empuja continuamente hacia versiones idealizadas de nosotros mismos. Versiones productivas, bonitas, interesantes, seguras. Pero cuanto más intentamos convertirnos en algo admirable, más nos alejamos de la realidad de lo que somos.


      ¿No sería revolucionario actuar de una forma que nadie espera? Dejar de mostrar siempre la sonrisa perfecta, la respuesta correcta, la vida aparentemente ordenada… y empezar a compartir también nuestro lado realmente humano.


      Voy a empezar yo:


      No soy perfecta ni quiero serlo. Mi vida no es maravillosa, aunque a veces pueda parecerlo desde fuera. Y justamente eso es lo que no quiero que ocurra.


      Tengo la odiosa manía de que las cosas se me den bien a la primera. Si creo que soy capaz de hacer algo, suelo aprenderlo rápido. Durante mucho tiempo pensé que eso era un regalo, pero ahora empiezo a entender que también puede convertirse en una cárcel.
      Porque cuando nunca aprendes a fallar, acabas desarrollando un miedo atroz al error, al proceso, al papel en blanco. Y entonces empiezas muchas cosas, pero te cuesta quedarte el tiempo suficiente como para profundizar de verdad en alguna de ellas.


      Desde fuera quizá parezca que sé pintar, escribir, viajar sola, conocer gente, tocar música o quererme a mí misma. Pero nada es tan simple cuando se vive desde dentro.


      Pinto porque me gusta, pero muchas veces siento que mi técnica no es suficiente. Escribo muchísimo, aunque solo enseño aquello que creo que puede gustar. Intento cantar y tocar la guitarra, pero soy completamente autodidacta y todavía tengo muchísimo que aprender. Viajo sola y conozco gente, sí, pero también tengo miedo. Me equivoco. Pierdo aviones. Me siento sola y vivo en una lucha constante contra mi misma. No siempre soy amable, y cuando no lo soy, me castigo demasiado por ello.


      Supongo que lo que intento decir es que cuando mostramos únicamente lo que el mundo espera ver, nuestra esencia acaba perdiéndose entre personajes cuidadosamente construidos.
      Y eso me parece triste. Muy triste.


      Porque nadie es realmente aquello que aparenta ser.


      Todos tenemos una parte que escondemos. Y quizá es precisamente ahí, en lo que no enseñamos, donde empieza nuestra humanidad más real. En las contradicciones. En las inseguridades. En las cosas que intentamos disimular para sentirnos aceptados.


      Yo no soy solamente la idea que puedas haberte hecho de mí. También soy todo aquello que no muestro. Todo lo que todavía estoy intentando entender.


      Y quizá actuar como humanos de verdad consista exactamente en eso: dejar de interpretar constantemente una versión perfecta de nosotros mismos.


      Si estas palabras consiguen que alguien se cuestione aunque sea un poco la necesidad de aparentar continuamente, entonces este texto habrá tenido sentido.